Gustavo Dudamel: Cuando el cielo es el límite

Gustavo Dudamel. Esta nota no viene con una receta, pero sí es sobre lo que llamo el alimento del alma o del espíritu. Anoche manejamos 1,5 horas para ir al Hollywood Bowl, la sede de verano de la Filarmónica de Los Ángeles, y disfrutar del privilegio de ver a su director musical, el venezolano Gustavo Dudamel, dirigiendo a su orquesta.

Qué actuación y qué noche. El Bowl era una fiesta, una celebración de nuestra música americana y latina, un recorrido que comenzó en Estados Unidos, bajó hacia Argentina y Brasil, y cruzó hacia España para hacer su parada final en la obra maestra del compositor francés Maurice Ravel: Bolero.

El plato principal ―o debería decir la guinda del pastel― fue, por supuesto, el Bolero de Ravel, una composición de una sola pieza para orquesta. Y Gustavo Dudamel no solo dirigió, sino que bailó el Bolero, y encantó a una audiencia ya enamorada, que adora su energía electrizante, su infatigable juventud, sus rulos y por qué no: su alma y sabor venezolanos, su savoir faire, enfundado esta vez en un esmoquin tropical.

De entrada tuvimos el Divertimento de Leonard Bernstein; El Firulete, una milonga del argentino Mariano Mores; El trencito de la Caipira: una de las Baquianas del brasileño Heitor Villa-Lobos y luego otro tango, A fuego lento, del también compositor argentino Horacio More.

Después vino la suite El sombrero de tres puntas, de Manuel de Falla, y luego, interpretadas impecablemente por la mezzosoprano Isabel Leonard, la Seguidilla Murciana, Asturiana (una jota), una Nana y Canción (un polo), también de Falla.

Cuando, de pie, la audiencia lo ovacionó y gritó como ya es costumbre ¡bravo Gustavo!, Dudamel regresó encantadísimo y nos regaló Tico-Tico no Fubá, del brasileño Zequinha de Abreu, la misma que inmortalizara Carmen Miranda en la película Copacabana en 1947.

Por supuesto, salimos del Bowl bailando.

Y por supuesto no pude evitar recordar al mentor y tutor de Gustavo Dudamel, el Maestro José Antonio Abreu, creador de El Sistema y con quien tuve el privilegio de trabajar entre 1992 y 1993, cuando él era ministro de la Cultura en Venezuela y yo directora de Información y Relaciones Públicas de su colega, el último ministro de Hacienda del presidente Carlos Andrés Pérez.

Por ese entonces tratábamos de cerrar el déficit fiscal cortando gasto público. Pero no había manera de quitarle un centavo al Maestro Abreu ni a ninguno de sus programas. Tal era siempre su persistencia, su perseverancia, su consistencia con aquellos argumentos tan sólidos y sobre todo tan convincentes, que sus programas permanecían literalmente intocables.

Gustavo Dudamel y todos los otros venezolanos que como él hacen vida en las mejores orquestas del mundo, son una de las razones con las que Abreu convence. La otra, y la más importante, es que a los largo de los últimos 35 años, a través de El Sistema el Maestro Abreu ha ayudado a cientos de miles de niños venezolanos a superar la pobreza.


¡Gracias Maestro!
Minutos antes del concierto...


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