Un ángel en Los Ángeles

El fin de semana pasado fuimos a Santa Mónica. Como de costumbre, caminamos por el muelle —el histórico Santa Monica Pier, donde termina la Ruta 66— para disfrutar del atardecer mirando el Pacífico y de la brisa marina de otoño. Luego recorrimos el lujoso Santa Monica Plaza y finalmente nos alistamos para ir al concierto que nos llevó a Los Ángeles la noche del sábado.
Hace más de cuatro meses compré los mejores boletos que encontré para ir al Staples Center a ver a esa colombiana universal en que se ha convertido Shakira (la verdadera razón, confieso, de esta nota).
Lo bueno se hace esperar. El sábado pasado fue la primera vez, en años, que Shakira se presentó en Los Ángeles. Y unos 20.000 espectadores fuimos más que compensados con uno de los mejores conciertos pop a los que haya asistido jamás. Un show en el que Shakira demostró por qué acumula en su haber dos premios Grammy, siete Grammy Latinos y por qué ha vendido más de 60 millones de álbumes.
No hay video o foto suya que le haga honor. En persona es mucho más hermosa de lo que uno pueda imaginar. Derrocha ángel a cada paso, con cada mirada, con cada gesto. Llegó saludando y estrechando manos mientras interpretaba su primera canción, con una mezcla de humildad y agradecimiento.
Menuda y delgada, su presencia en el escenario es inversamente proporcional a su estatura. Su voz, picardía, entrega y encanto, se complementan con las melodías pegajosas de las canciones que ha compuesto en los últimos 20 años desde que irrumpió en la escena musical colombiana.
Su manera tan particular de combinar cumbia con danza árabe y flamenco, la forma como se contorsiona y el vestuario diseñado para destacar aun más su belleza natural, la banda de músicos y las bailarinas que la acompañan, la iluminación, las proyecciones en la pantalla al fondo del escenario, hipnotizaron a la audiencia que sucumbió a sus encantos durante dos horas.
Salimos tan felices del concierto que decidimos no ir a La descarga, el bar de rones de los gemelos Mark y Jonnie Houston en East Hollywood, que me había prometido visitar no sólo para tomarme un roncito, sino también para tomar las fotos que me hacen falta para ilustrar una nota que tengo lista desde hace meses para Savoir Faire. Otra vez será.

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