Capuchino en mi casa

Me enamoré de los capuchinos cuando viví en el Village, en Nueva York. Solía ir a Dean & Deluca, por mi dosis diaria de capuchino... helado y, de seguidas, hacía mis tareas de la universidad. Incluso en pleno invierno, sin importar si nevaba o estaba lloviendo, pedía mi capuchino helado con leche descremada… Quince años más tarde, cada vez que vuelvo a la gran ciudad, me doy mi pasada por Dean & Deluca y me doy mi gusto con mi café helado favorito...

El capuchino es una combinación de café espresso y espuma de leche, que debe su nombre al color marrón de los hábitos de los frailes capuchinos. Fue introducido por primera vez por los italianos en el siglo xx y se hizo especialmente popular con la llegada de las máquinas de café espresso Gaggia, hacia finales de la década de los 40s.
Pero la razón por la que estoy escribiendo esta nota no es porque quiero contarles acerca de mi vida como estudiante de postgrado en la Gran Manzana o porque pretenda escribir la historia del café.
Lo que quiero es presentarles uno de los utensilios de cocina más cool que he comprado últimamente. Llegó a mí la semana de Acción de Gracias del año pasado en Newport Beach, después de que una amiga venezolana italiana me invitara a tomar una deliciosa taza de café en su casa de San Clemente. Nury me ofreció un capuchino, lleno de espuma de leche y aquello me recordó el Lago di Como y los cafés al fresco con geranios rojos por todas partes. Su único secreto: un batidor pequeñito que había comprado años atrás en Italia.
El "Viernes Negro", me fui a Williams Sonoma (cuando te gusta cocinar, compras delantales y toallas de cocina, como si del último vestidito negro de BCBG o DKNY se tratara), y busqué mi espumador.
He estado usando mi espumador aerolatte una o dos veces al día desde entonces. Es, de verdad, lo mejor que me he comprado para la cocina en los últimos meses. Caliento mi leche y hace la espuma como si del vapor de una máquina de café espresso se tratara y le da a la leche una textura aterciopelada. Mi única queja, si es que a esto se le puede llamar queja, es que hay que cambiarle las pilas cada dos meses. Por supuesto esto no es nada en comparación con el hecho de que hace mi día a día más feliz y me hace sonreír con cada sorbo!

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