Sanar

Las familias pueden sanar y las relaciones entre sus miembros se pueden restaurar. Ese es mi mantra. Ha sido mi mantra el último par de semanas.

Primero, he de confesar, me sentí traicionada. Como cuando te clavan un puñal en la espalda. Duele cuando alguien a quien quieres se lastima. Cuando hacen elecciones equivocadas. Y cuando los ves sufriendo las consecuencias de esas decisiones.

Busqué ayuda profesional hace un par de meses y pude anticipar todo lo que ahora estamos enfrentando. Pero estos últimos días me sentí tan devastada, que ni siquiera tuve ganas de sentarme a escribir. Pido disculpas, pero hay una justificación: después de todo, trato de que este sea un blog feliz y siempre digo que para enterarse de malas noticias uno lee los periódicos y ve los noticieros.

Sin embargo, como parte de este proceso de recuperación, sé que reconocer que tienes un problema y hablar de ello ayuda a sanar. Muchísimo. Cuando compartes te das cuenta de que no estás sola y de que puedes aprender de las experiencias de los demás.

Las familias pueden sanar y las relaciones entre sus miembros se pueden restaurar. En eso ando. No está fácil la cosa. Es duro y estresante. Pero soy una guerrera, como me bautizó un día mi compadre. No me rindo y esta no será la primera vez.

Y se por experiencia que no hay  mejor anti estrés ni nada más gratificante que hacer lo que a uno le gusta: cocinar, tomar fotos y escribir mis historias tan simples como mis recetas.

En otras palabras: regresar a la normalidad, volver a ser yo, resurgir, recuperar la paz de mi espíritu, esa que he construido y protegido durante tantos años, para así ayudar a mi familia a sanar y a que nuestras relaciones puedan, Dios mediante, restablecerse.

Después de todo, hay siempre mucho sentimiento y sobre todo familia en mi cocina.

Etiquetas: