Lechugas o bloguear por bloguear

He estado publicando más que nunca.

Después de una buena boleta de Andrés Ignacio (10) y Tomás Eugenio (8), o de un buen juego de basquetbol donde mis hijos anotan la mitad de los puntos, últimamente no hay nada que me conforte más que venir a este blog y sentarme a escribir.
Llámenlo sanación creativa, blogging terapéutico, evasión por medio de la escritura... y acertarán.
Pensar en una receta, en un ingrediente, en una comida, cocinar, experimentar, tomar fotos y escribir se ha convertido en una invalorable fuente de ¿alivio?
No estoy muy segura de que alivio sea la palabra. Pero de que me hace bien, me hace bien. Me ayuda a no pensar en problemas que no puedo resolver y como un efecto secundario positivo, pues comemos rico.
Así que digamos que ayuda echarle un ojo a estas lechugas y escribir sobre ellas. Vean lo hermosas que son.
En noviembre pasado hicimos los semilleros y los colocamos estratégicamente en una de las ventanas del comedor de la cocina. Cuando llegó el momento, las sembramos en los cajones de madera que tenemos en la huerta.
Cuando tuvimos una semana de noches heladas en diciembre, las cubrimos con cobijas. Habiendo sido mimadas por tres meses, ahora nos dan ensaladas, ensaladas y más ensaladas. Y más ensaladas y más ensaladas.
Son dulces, contrarias al amargo de mis amadas rúculas. Y me encantan. Me gustan sus hojas, que salen limpiecitas y crujientes. Pero además me gustan porque, entre otras cosas, me recuerdan que para cosa hay un tiempo y que bajo este cielo todo pasa cuando tiene que pasar.

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