Welcome to Miami!

                                                                                                                                                                               Foto Lyng-Hou Ramírez
Una amiga me preguntaba hace poco qué tal la vida en Miami. Buena pregunta.
Me gustan los aguaceros, las tormentas de rayos, las formas que dibujan las nubes en el cielo, el clima tropical que hace que después de un palo de agua brille el sol como si nada, y la humedad que hace que la piel se hidrate naturalmente (aunque todavía no termino de reconciliarme con mis rulos, ni con el calor que en verano puede ser sofocante).

Me encanta que aquí se habla español y que hay muchos venezolanos y que vivamos cerca, nos guste el mismo café y tengamos la misma sazón. Me gusta que cuando nos encontramos nos saludamos con un beso en la mejilla, como Dios manda, y cuando nos despedimos nos abrazamos, también como Dios manda, como si fuésemos familia.


Me encanta que cuando llamo a algún amigo no me pregunte cómo estoy sino qué necesito.

Aunque todavía no he visto ni a 10% de la gente que conozco, estudió o trabajó conmigo en Caracas, es bueno saber que están ahí: es como vivir en Los Palos Grandes pero en shorts y cholas de playa.

Me gusta que estemos tan cerca de Venezuela y que mis hijos se hayan convertido en fanáticos de los Cocosettes y los Pirulines, vistan orgullosos sus camisetas de La Vinotinto y que mi Tomás Eugenio (8) diga que su gorra favorita es la que tiene el tricolor de la bandera de Venezuela (aunque a veces me sienta rara porque reproduzcamos aquí las cosas que no me gustan de mi país, ni de los venezolanos).


Me gusta que viene mucha gente querida, aunque eso signifique que por escaparme a verlos o por improvisar algo en mi casa para “atender a la visita”, siempre deje algo sin terminar: ahora tengo la excusa perfecta para hornear biscottis a cada rato o para improvisar un coctelito de bienvenida (aunque todavía tenga pilas de cajas sin desempacar en toda mi casa y siga sin mesa de comedor).


Me duele en el alma ver la cantidad de venezolanos que vive en Florida en condición de refugiados políticos del régimen de Hugo Chávez. Pero me entristece aún más ver a una inmensa mayoría que es, en realidad, refugiada de guerra: de la inseguridad y del hampa que nos dejó sin país, es la primera causa de esta diáspora y ha hecho que Venezuela exhiba una de las tasas de homicidio por habitante más altas del mundo.


Me fastidia que muchos de aquellos que atravesaron el “mar de la felicidad” para llegar a esta tierra generosa que los recibe con las puertas y brazos abiertos, vivan quejándose y anden por ahí amargados y hablando “gritado”, como si se las supieran todas y siempre tuvieran la razón.  Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces, pienso para mis adentros. Creo que, en el fondo, lo que me molesta es que no me gusta quien no agradece. O será que, como este es “su país” se sienten con derecho a despotricar como sólo se despotrica de lo que es de uno.


Me sigue asombrando que la gente parezca confundida en los stop signs (o que literalmente se les olvide que hay que pararse y mirar a los lados antes de hacer nada), o que toquen corneta como en Caracas, Maracaibo o Valencia, y hablen por celular y envíen mensajes de texto mientras manejan (no importa que aun no haya una ley que lo prohíba, ambas cosas son sumamente peligrosas).


Me mortifica que en dos meses he visto más accidentes automovilísticos en las autopistas de Florida, que los que vi en California en cinco años y como me parece que las vías son igualmente seguras, me preguntó si será que la gente no respeta las normas, maneja a exceso de velocidad e incluso bajo la influencia del alcohol y otras drogas.


Me horroriza —porque vengo de California, lo sé— que no reciclemos desechos sólidos como el cartón y papel, plástico, vidrio y latas de aluminio, como debiéramos, y me pregunto a dónde va a parar tanta basura. Creo que cuando termine de instalarme buscaré el tiempo para ver qué podemos hacer para ser una ciudad más verde y amigable con la naturaleza que aquí nos ha bendecido con abundante agua y sol.


Me fascina que haya palmas reales (chaguaramos, como en criollo les decimos los venezolanos a estas imponentes palmeras) y flamboyanes en todos lados y que de tanta lluvia la grama crezca como si se tratara de una película de ciencia ficción.


Me hace muy feliz vivir cerca de la playa y poder irme con mis hijos a disfrutar de la arena y el mar a 25 minutos de nuestra casa. Mejor aun: me encanta que ir a la playa es como estar en Morrocoy —la arena es blanca, el agua es cristalina, turquesa y en verano además es tibia—, pero con los rascacielos, que son parte del paisaje urbano, de fondo.


Me hace igualmente feliz que, literalmente, pongo un pie fuera de mi casa y estoy en la piscina y, al menos ahora en verano, puedo nadar a cualquier hora y a cielo abierto (a menos que haya tormenta con rayos), y que hay gente ejercitándose a toda hora y en todos lados, tanto que a veces siento que vivo en un gimnasio pero al aire libre.


Me gusta la vida en Miami, aunque a veces sienta que la ciudad no es como el resto de los Estados Unidos.  Ha de ser que este país es tan grande, que no sólo lo bañan dos océanos y tiene el tamaño de un continente, sino que da para que uno viva en Florida y sienta, a veces, que es como estar viviendo en Maracaibo.


Welcome to Miami!

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