Cuando la felicidad vive en una maceta

Lo que más me gusta de este post es que lo estoy escribiendo porque estoy feliz.
Cada mañana cuando me levanto, bajo a mi terraza y mientras se hace el café y mis hijos se alistan para desayunar, reviso mi jardín de hierbas.
Le digo jardín por el tamaño de la felicidad que me proporciona: como si se tratara de acres y acres sembrados de albahaca, ciboulette, menta, orégano, perejil, salvia y tomillo.
En realidad son seis macetas de terracota donde están sembradas las hierbas que me hacen tan feliz.
Cuido de que tengan la tierra siempre húmeda. Las voy rotando para que crezcan armoniosa y ordenanadamente buscando la luz del sol. Las podo para que crezcan fuertes y frondosas.
Y a cambio de tanto mimo, de esos tiestos salen pestos, infusiones, aguas frescas, bouquets garni, mantequilla a las finas hierbas y pare usted de contar.

Y cada vez que alguien viene de visita, se lleva su manojito de hierbas frescas, mientras yo sigo contando mis bendiciones y dándole gracias a Dios y a la vida por tanto.
La vida es bella.

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