Mi niñez a través de una caja de cereal

 Este es un post patrocinado por Kellogg's Frosted Flakes a través de Mamás Latinas. Las opiniones aquí expresadas son mías. Gracias por apoyar a las empresas con las que Savoir Faire colabora, para que así pueda seguir creando recetas divertidas, coloridas y sabrosas. 
Nací y me crié en Caracas. En la Venezuela de mi niñez, habían cuatro canales de televisión en blanco y negro, y hasta que nació mi hermano Ernesto (cuando yo tenía 8 años y mi hermana Andreína 4), no había nada más divertido que ir a la casa de mi abuela por las tardes después del colegio, o en vacaciones.
En casa de mi abuela no sólo teníamos un pastor alemán: podíamos jugar pisé (rayuela) y semana (una especie de rayuela pero con los días de la semana), saltar la cuerda y ser libres jugando a la ere y las escondidas, o patinando y montando bicicleta con los otros niños del vecindario.

Recuerdo que en la Venezuela de mi niñez el cereal se llamaba Kellogg’s y había tres marcas emblemáticas: Corn Flakes, Frosted Flakes y Corn Pops (que se llamaban Sugar Pops). Los Frosted Flakes, que se llamaban Zucaritas, eran mis favoritos porque eran nevados con azúcar.
Cuando descubrió que los cereales de caja habían llegado a su vida para facilitársela, mi mamá, quien siempre trabajó fuera de la casa y fue una mujer moderna que apreciaba todo lo que le ahorrara tiempo en la cocina, los incorporó a nuestra dieta como la solución que le permitía, en cuestión de segundos y sin complicación alguna, servir un desayuno completo (al mío, además de leche, solía ponerle una banana cortada en rueditas).
Y fue así como junto con las arepas con mantequilla y queso blanco rallado, los huevos fritos con tocineta, la avena y los panqueques, los cereales de caja, y en especial los Frosted Flakes, se convirtieron en uno de esos desayunos siempre presentes de mi niñez.
Mi abuela, quien estaba convencida de que el desayuno tenía que ser una comida caliente, sobre todo para niñas como nosotras, que estábamos en pleno desarrollo y además hacíamos una hora diaria de natación de lunes a viernes, nos daba avena o un atol de maicena y nos lo servía ¡con Frosted Flakes! Aquella era la doble tanda de cereales más deliciosa que uno se pudiera imaginar, sobre todo porque venía con un ingrediente mágico: amor de abuela.
Con el tiempo, los Frosted Flakes terminaron siendo nuestro desayuno favorito, entre otras cosas porque nos hacían sentir independientes: podíamos servirlo nosotras mismas sin tener que depender de nadie y, habiendo sido criadas por mi mamá, la independencia era algo que apreciábamos mucho.
Fue así como también se convirtieron en mi merienda favorita: perfectos para los días de vacaciones, a media mañana bastaba un tazoncito con leche fría para reponer energía y seguir corriendo, jugando a la ere o las escondidas, “un, dos, tres pollito inglés”, saltando la cuerda, patinando o montando bicicleta, o improvisando un juego de béisbol o de vólibol.
Cuando llegaron las cajitas individuales, no faltaban en nuestras loncheras escolares y por supuesto por las tardes, cuando regresábamos extenuadas de la piscina, eran perfectos para ir “picando” en el auto mientras llegábamos a casa.
Creo que tuve una niñez muy afortunada y como les digo a mis hijos: en aquella época la única forma de quedarnos en casa viendo tele (o jugando Monopolio o Ludo, o armando un rompecabezas), era que estuviese lloviendo. Y ni siquiera, porque a veces en medio de un aguacero, salíamos con mi mamá a chapotear bajo la lluvia.
No importa cuántos años han pasado, ni que tenga un hijo adolescente y otro preadolescente, los Frosted Flakes son uno de esos sabores de infancia que atesoro, junto con la avena, las torticas de arroz, las empanadas de queso y los plátanos en dulce que me hacía mi abuela. Mis hijos dicen que heredaron ese gusto de mí, porque también son fanáticos. Pero ese capítulo de nuestra historia, será motivo de otro post. No se pierdan.

Continuará…
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