La importancia de un diploma

Cuando nos mudamos de casa en julio pasado, una de las cosas que apareció cuando empacamos, fue uno de mis diplomas. O mejor dicho, el único diploma que tengo enmarcado en una cañuela de madera hecha a la medida, con un filito dorado y paspartú anti hongos.
Es el diploma que me confirió la Universidad de Columbia y que prueba que completé los estudios y satisfice todos los requerimientos para optar por el grado de Master of Public Administration (Magister en Administración Pública).

Lo mandé a enmarcar en Caracas, por sugerencia de mi mamá, quien un día lo encontró en el mismo sobre en el que me lo entregaron una mañana soleada en la  primavera de 1996 y me dijo: “hija, se te va a arrugar ¿por qué no lo mandas a montar para conservarlo?”

Y eso hice. Y cuando dejé el verdor de El Ávila para irme a vivir al lado de las montañas rocallosas de la cordillera de San Jacinto en el Sur de California, llegó al puerto de San Pedro ,junto con el resto de mis enseres, con sus cuatro esquineros de cartón y envuelto en plástico de burbujitas de aire.

Y luego, cuando cambié el paisaje agreste del alto desierto, por las aguas turquesa y la arena blanca de Miami, hasta aquí vino a dar el  diploma, envuelto, tal como me lo entregaron en la marquetería en Caracas.

La verdad es que nunca he sido de mostrar títulos ni credenciales. Entre otras cosas porque, aunque siempre trabajé y tuve los trabajos más fascinantes y retadores que periodista alguno pudiera soñar, nunca busqué empleo. Así de afortunada soy.

Pese a que fui primera en mi clase (cuando me gradué de periodista), jamás le hice mucho caso a ese ni a otros diplomas. Pero no porque despreciara mis logros académicos, sino porque mi trabajo siempre fue público.

Cuando fui reportera y luego jefa de información, que el periódico llegara al quiosco religiosamente todas las madrugadas, era para mí el equivalente de pasar un examen. Que leyeran lo que una escribía en la radio, era como aprobar una disertación.

Incluso, cuando me dediqué a las relaciones públicas y desde una oficina gubernamental, o en nombre de un cliente, enviaba notas de prensa a los periódicos y agencias de noticias, que luego las publicaran sin cambiarle una coma, era otra prueba, otra tesis de grado aprobada con honores.

El juicio de los lectores es implacable. Y tu nombre esta ahí, impreso, tinta sobre papel. Todos los días. Durante años. Décadas. Frente al rigor de ese escrutinio público, no hay diploma que valga.

Pero tampoco ha habido modestia en esa suerte de desdén mío por lo que ciertamente es un logro que me llena de orgullo. Como decía mi querido profesor Alexis Márquez Rodríguez: “toda modestia es falsa” y siempre supe para qué era buena. Pero además, a estas alturas se lo que soy y lo que valgo.

¿Qué por qué vengo ahora con el cuento del diploma de Columbia? Pues porque cuando nos mudamos, mi hijo Tomás Eugenio (11) me sugirió que lo colgara, pero no donde los demás pudieran verlo, sino donde YO pudiera verlo.

“Cerca de tu escritorio, mamá”, me aconsejó de lo más circunspecto. Y cuándo le pregunté por qué, me respondió: “por si te asalta la duda, para que no se te olvide nunca que tu sí puedes mamá, para que recuerdes que lo que te propones lo logras, para que tengas presente, siempre, que te graduaste en Columbia”.

No tengo que decir que no hay día en que mi chiquito no me sorprenda con su sensibilidad. Y por supuesto que el diploma ahora está en mi escritorio, a la altura de mi mirada y puedo verlo cada vez que escribo.

Y creo que es bueno tenerlo y habérmelo ganado, y también creo que es bueno mirarlo de vez en cuando y saber que esta ahí recordándome que los retos son para enfrentarlos, que no hay que temer a los cambios, sino abrazarlos como parte de ese proceso que es vivir y que vivir significa aprender todos los días algo nuevo. Y si me toca reinventarme otra vez, entonces diré que no será la primera ni la última, así que ¿quién dijo miedo?


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